sábado, 27 de junio de 2009

Escenas Celestiales XI


Nota del autor del blog: La repentina llegada de Michael Jackson ha puesto el cielo totalmente impracticable y es difícil, por no decir imposible, redactar una crónica desde el lugar. Por fortuna, esta escena transcurre, en realidad, muy lejos del cielo, en el estudio de un joven arquitecto. En su despacho, el recién graduado escribe unas líneas a su amada. Dado el tema de la carta, no he podido evitar transcribirla, en la seguridad de que a él no le molestará lo más mínimo.

Mi amor:

Yo ya tengo prácticamente diseñado el aspecto que tendrá mi cielo. ¿Cómo llevas el tuyo? Porque parto de la base de que es imposible que haya un mismo cielo que nos seduzca a los dos por igual. Somos tan distintos... Cuando muramos, yo tendré mi cielo personal e intransferible, tú tendrás el tuyo propio. En mi cielo estarás tú, pero será la 'tú' que yo quiero. En tu cielo, tal vez, estaré yo, pero no tendré conciencia de estar ahí (estaré en mi cielo, ¿recuerdas?). Contigo estará el 'yo' que tú quieres. Alguien que no seré yo. La parte de mí que tú ya conoces.

La puerta de mi cielo -perfecta para una escenografía de Ibsen- será blanca y austera, de madera algo ajada, con un precioso pomo de palisandro, muy agradable al tacto. Se abrirá sin ruido y dará paso a un hall muy iluminado, de planta circular y bóveda con arabescos, presidido en su centro por una cesta de frutas muy barroca y nestoriana. Las doce columnas que rodean la estancia lucirán una brillante vegetación trepadora y petrificada, compuesta por rododendros de jade traslúcido y líquidas flores de ámbar, alabastro y vidrio soplado. La atmósfera, casi tan densa como la de un hammam turco, tendrá la exacta fragancia de los azahares de Córdoba a las cinco de la tarde. Diez cachorros de bóxer jugarán alegres, gruñendo y mordisqueándose las orejas, sin reparar en mi presencia. La misma puerta por la que entré se tornará una escalera inclinada en espiral como la de la Torre de Pisa. Subiré por ella sintiendo el vértigo en el estómago y, dando bandazos contra sus paredes, volveré a reír con la misma felicidad de entonces, como cuando aún estabas viva. Al final de la delicia, llegaré. Te veré. Te abrazaré. Probablemente lloraré de alegría, pero también de tristeza. En el cielo de cada uno, y ya para siempre, estaremos todos engañosamente bien acompañados. Porque ésa, aunque a mí me lo parezca, no serás tú en toda tu dimensión, ya nunca podré terminar de conocerte y me faltarán, entre otras muchas cosas compartidas, las desavenencias. Las terribles desavenencias.

Nota del autor del blog: He optado por parar aquí la transcripción. Lo que sigue apenas tiene que ver con el tema que nos ocupa.

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