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martes, 1 de marzo de 2011

Finlandia y la corrupción


Finlandia ha sido reconocida internacionalmente como la nación menos corrupta del planeta. Una parte de ese logro recae en la estricta moralidad imperante en este país escandinavo que, para facilitar la transparencia, también cuenta con un conjunto de principios enfocados a evitar el abuso de poder y que son insólitos en la cultura española. Esta es la manera en la que Finlandia lucha contra la corrupción:

PRIMERO: En Finlandia cualquier compra que realicen las Administraciones Públicas, desde un edificio hasta un bolígrafo, ha de estar ejecutada a precios de mercado e incluir, necesariamente, tres ofertas de proveedores distintos, para poder elegir la más baja. No es legal, admisible ni justificable el pago de 100 euros por un cartucho de impresora o de 1000 por una silla aunque las facturas sean correctas. Ejemplos ambos acaecidos en España y que la justicia no pudo castigar.

SEGUNDO: Principio de transparencia total de las Administraciones públicas. Cualquier decisión tomada por un funcionario público dentro del desempeño de su profesión (excepto las relacionadas con la seguridad) puede ser conocida por el resto de ciudadanos. Nadie puede negarse a satisfacer las necesidades de información no solo de los periodistas sino de los votantes. Debido a ello actuaciones contra esa norma (como ésta) son no solo contrarias a la ética sino ilegales.

TERCERO: Principio de transparencia total en las cuentas de los ciudadanos. Los fineses pueden saber cuales son los ingresos declarados de todos los residentes en el país, ya se trate de una persona que cobre el desempleo, del artista de mayor éxito de la nación o del CEO de Nokia. El equivalente peninsular permitiría conocer las cuentas no solo empresariales sino personales de Emilio Botín, Arturo Pérez Reverte, Felipe González, José María Aznar, Adolfo Domínguez o cada uno de los vecinos de Madrid.

CUARTO: Ausencia de alcaldes: El gobierno de los municipios en Finlandia recae en "City managers", es decir, en funcionarios públicos con experiencia en la administración de entidades de esa índole. Así pues el ciudadano puede distinguir con claridad que la persona al mando es alguien supeditado a los votantes y que puede ser despedido o reemplazado por el Consejo municipal (el órgano elegido en las urnas y que ostenta la soberanía popular). Helsinki es la excepción a este modelo.

QUINTO: Ausencia de cargos de designación política: En Finlandia los secretarios de Estado son funcionarios de carrera que alcanzan el puesto superando pruebas objetivas en lugar de por designación partitocrática. En 2005 se realiza una remodelación del sistema para permitir a las organizaciones políticas el poder elegir a los Secretarios de Estado, aun así muchos de ellos siguen siendo en la actualidad trabajadores públicos ascendidos por méritos propios.

SEXTO: Estructura de poder colegiada: La corrupción se extiende con mayor facilidad cuando el poder se concentra solo en un individuo, es por ello que en Finlandia se promueve la toma de decisiones mediante el debate y el consenso. Al igual que el órgano político principal de las ciudades es la Asamblea popular (el alcalde solo es un trabajador público) el Consejo de ministros tiene mayor capacidad de poder que el Presidente de la República.

SÉPTIMO: Principio de acceso libre al poder. La posibilidad de convertirse en un miembro de alto rango de la administración y los ministerios fineses no recae en una élite intelectual formada en Instituciones de enseñanza concretas (como en Francia) tampoco en personas que puedan atraer la inversión de diferentes empresas para sufragar sus campañas (ejemplo de Estados Unidos) o en ciudadanos adscritos a organizaciones políticas que ascienden por los méritos internos dentro de su partido (caso español). En Finlandia los puestos son cubiertos por funcionarios públicos (siguiendo un baremo meritocrático) y cuya carrera está abierta a todos los fineses. El país evita, por tanto, tener que acudir a un modelo como el de España dónde los cargos de libre designación del gobierno (elegidos ideológicamente) reciben 200.488 euros anuales y se multiplican de manera oscura por todas las administraciones.

OCTAVO: Principio de proporcionalidad en el castigo. La cuantía de las multas por violar las normas suele ser proporcional a los ingresos de los individuos y las empresas. En 2001 Anssi Vanjoki, alto ejecutivo de Nokia, fue considerado culpable de conducción temeraria por romper los límites de velocidad a los mandos de su Harley Davidson imponiéndosele por ello una multa por el equivalente a 104.000 dólares de la época. Este principio de proporcionalidad en el castigo, junto a la marca social que lleva el estar envuelto en un caso de corrupción, actúa de forma extremadamente disuasoria ante posibles tentaciones para cruzar el límite de la legalidad...

También es verdad que en Filandia la profesión de profesor de EGB es una de las mejor consideradas y que es necesario estar altamente cualificado y superar duras pruebas para hacerse con una plaza. Y esto, aunque ustedes crean que no tiene nada que ver con todo lo anterior, lo tiene... y mucho.

miércoles, 14 de julio de 2010

Orgullo


No se divisan caras iracundas entre ellos, se les ve contentos. No hay gestos airados, ni miradas de rechazo al diferente. Veo la cabalgata y las banderas arcoiris, veo risas y alegría, veo plumas y veo abrazos, veo felicidad, veo tolerancia y veo orgullo. También veo estridencia, disfraces y toda la algarabía del mundo, veo besos, caricias y metidas de mano por doquier. La música lo envuelve todo, el tiempo acompaña... es una fiesta, una tremenda fiesta. Y celebro el orgullo que ellos y ellas celebran, porque también es el mío. El orgullo de ser persona y de sentirse libre y dueño y señor de su propio cuerpo y de su propio destino, sin dioses, reyes ni tribunos que te dicten lo que tienes que hacer, ni cómo has de ser.

A ver si va a ser esto lo que tanto fastidia a la caverna...

lunes, 12 de julio de 2010

Animales de compañía

Enhorabuena. ¡La leche! Hemos ganado. Entramos en la historia del fútbol con todo merecimiento. El pulpo alemán tan sólo había optado por una caja entre dos, pero es el país español entero el que ha sabido valorar el esfuerzo y el enorme talento de sus jugadores. Creo que aunque hubiéramos perdido seríamos felices. Se ha disfrutado de su profesionalidad, de su gusto por las reglas del juego y de su limpieza, tanto en el toque del balón como en el trato al contrincante. Nos han inflado a faltas, pero nosotros hemos optado por jugar el balón. La selección española ha demostrado en este Mundial que la cohesión de un colectivo en torno a unas ideas claras y consensuadas es lo más importante, mucho más que las individualidades, aunque a veces sean éstas las que deciden (¡viva Iniesta!). Es un orgullo escuchar de boca de amigos alemanes -que ya se veían ante Holanda en la final-, que su derrota ante nuestra selección fue justa, porque el juego de los de Del Bosque fue superior. También dicen que España es justo campeón. Espíritu deportivo, competición limpia.

A ver si nos da por trasladar lo aprendido en este Mundial de fútbol a los demás ámbitos de nuestra vida y empezamos a mirar con ojos de desprecio al listo que se salta las reglas a la torera, al arribista sin escrúpulos que se cuela por cualquier resquicio sin importarle nada, al que por falta de humildad provoca vergüenza y no otra cosa y, en general, a todos los incapaces de mirar por el bien común y que sólo velan exclusivamente por el propio. Éstos impresentables, a diferencia de Paul, no valen como animales de compañía.

martes, 2 de febrero de 2010

¡Plas, plas, plas!


¿Saben ustedes de esas escenas en las películas de serie B en las que el malo (un rufián, un psicópata o un monstruo de dientes largos y garras afiladas tipo Alien) está a puntito de merendarse al penúltimo pobre indefenso y dejarlo todo perdido de sangre y vísceras, cuando en ésas llega el bueno y se carga al bicho? Suele suceder en esos momentos que el cine prorrumpe en aplausos y el regocijo y la algarabía se adueñan de la sala. La bestia ha recibido su merecido y el público respira aliviado.

Los ciudadanos estamos acostumbrados a que determinadas decisiones políticas contrarias a derecho acaben prosperando muy en contra del interés general. Lo vemos demasiado a menudo. Es la bestia que se va zampando hoy esto y mañana aquello, sin que nadie la pueda parar y a nosotros nos toca mordernos los dientes.

Por eso mismo, resulta muy gratificante que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid le haya parado los pies a la bestia, al resolver que no es de interés general -y que es, por tanto, ilegal- el campo de golf de gestión privada construido en el suelo público de Chamberí donde el distrito madrileño esperaba un parque. La Comunidad Autónoma de Madrid, presidida de aquella manera por Esperanza Aguirre, se la envaina y tiene que recular, porque un grupo de ciudadanos no estaba dispuesto a consentir que su señoría les pasase por encima a golpe de decreto y la Justicia les ha dado la razón.

Desde aquí envío mi aplauso y mis felicitaciones a don Hugo, coordinador de IU-Chamberí, y a todas las personas -jueces incluidos- que han hecho que, al menos por esta vez, prevalezca el derecho sobre la prepotencia y el avasallamiento. Y sobre el interés de unos pocos.

lunes, 1 de febrero de 2010

400


No sé si el término 'Manuel Fuentes, alcalde de Seseña' les resulta familiar. Manuel Hernández, alias "El Pocero" probablemente sí. De él se ha escrito mucho en este país. Un tipo que ha sabido levantar un imperio de la nada -precisamente construyendo ciudades dormitorio en medio de la nada- y que de viajar en una carretilla tirada por un burro ha pasado a disponer de jet privado. Fuentes -que es alcalde y sabe de lo que habla- ha acusado a Hernández de corrupción y de intentar sobornarle en reiteradas ocasiones. Hernández ha presentado ya 14 querellas contra Fuentes, acusándole de delito de injurias. En la más reciente de esas querellas, le fue impuesta al alcalde de Seseña la vergonzante fianza de un millón de euros (¡1.000.000 €)! a satisfacer en 24 horas, en un claro aviso de la judicatura a navegantes: ¡Abstenerse de denunciar casos de corrupción de gente importante, 'pringaos'!

De ayer a hoy, ha habido una marcha de protesta contra la corrupción desde Seseña (Toledo) hasta Madrid. La iniciativa ha partido de Izquierda Unida. Su presidente, Cayo Lara, ha dicho que "hay que luchar contra la corrupción y desterrarla de la vida política de este país porque eso hace muchísimo daño a la democracia, desafecta a los ciudadanos de la vida política" y es "negativo para la imagen de los políticos en España".

Escuchando a Lara, cabría esperar que a una marcha de este tipo, además de IU en pleno, acudiera todo dios, PSOE y PP incluidos, esgrimiendo éste último bien alto el nuevo y recién estrenado código anticorrupción de Mariano Rajoy, pero nanay. Apenas 400 almas se echaron a la carretera.

Entiendo que una marcha de dos días y en condiciones meteorológicas adversas no es plato de gusto para nadie, pero 400 asistentes son pocos. No me consuela que el Ateneo de Madrid se pusiera de bote en bote para recibir a los marchadores. Me consuela algo más saber que fueron sólo 300 espartanos los que decidieron enfrentarse al todopoderoso ejército persa. Y, sin embargo, aunque 400 son más que 300, empiezo a creer que, en España, la corrupción es percibida por el común de los mortales como la lluvia. Una cosa incómoda, pero que está ahí -siempre ha estado y siempre estará- y que, además, le sienta bien al campo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El Sheriff de Nottingham


A veces, el ejemplo de gente brillante y anónima trasciende a los medios para maravilla y admiración de todos. Muchas de estas personas suelen llevar a cabo acciones en favor de los más débiles y desasitidos. Y lo hacen porque sí, por apenas nada y porque necesitan hacer el bien, aunque conlleve ciertos riesgos. En muchas partes del Tercer Mundo, esos riesgos pueden consistir en sucumbir a una epidemia, acabar mutilado por una mina, morir acribillado en medio de guerras tribales, ser aplastado por una excavadora... el catálogo es amplio y sucede tanto que casi nunca es noticia.

Esta vez, sin embargo, la noticia ha saltado mucho más acá de los desiertos remotos y de las montañas lejanas. En concreto, en Alemania, donde la directora de una sucursal bancaria sacaba el dinero de las cuentas de los clientes más ricos para ingresarlo en las de los más pobres. Bueno, no es exactamente así. Más bien les facilitaba créditos encubiertos a quienes realmente los necesitaban, obteniendo el dinero de las cuentas más boyantes sin que sus propietarios se percatasen. Una vez recuperado el importe de los créditos concedidos, restituía el dinero 'prestado' a sus pudientes dueños, quienes probablemente en ningún momento notaron vibración alguna en los andamios dorados de su Dolce Vita. Esta Robin Hood moderna llegó a mover más de 7,5 millones de euros con este sistema, hasta que la pillaron por no poder devolver 1 millón de euros. Ahora le reclaman esta cantidad, amén de condenarla a dos años de cárcel que no deberá cumplir. Ha tenido que vender su casa y su póliza de seguro de vida. Se queda con la pensión del estado -1.000 €- como único asidero económico. ¿No podría el estado alemán inyectar ese millón de euros del erario público, tal como ha hecho con los agujeros billonarios generados por la especulación pura y dura?

Que yo sepa, esta directora de sucursal -llevaba en el cargo casi veinte años-, ha hecho lo que hacen habitualmente los directores de banca -quitarle el dinero a unos para dárselo a otros y viceversa-, con la salvedad de que esta mujer lo tomaba de los ricos para dárselo a los pobres y no al revés. Y sin llevarse un céntimo por encima de su sueldo, que ya es. Dice que lo hacía por piedad. Y eso es algo que nuestro sistema -el Sheriff de Nottingham de esta historia, porque ella es Robin Hood- no está dispuesto a consentir. A dónde llegaríamos si cundiera su pernicioso ejemplo... Por piedad, dice... Por piedad... ¡puaj! Aquí las cosas se hacen por egoísmo, señora, que no se entera.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La infancia bien educada


KI.KA es un canal alemán de televisión dirigido a los niños de preescolar y primaria, fundamentalmente. Ayer, con motivo de los próximos comicios en Alemania, KI.KA emitió un especial elecciones muy divertido, completo e instructivo, con reportajes sobre las distintas sedes del gobierno alemán, dibujos animados explicativos del proceso electoral y amenas entrevistas hechas por niños a diversos políticos, entre ellos, al actual presidente Horst Köhler. Este programa especial es sólo el más reciente capítulo de una serie que versa sobre política y que lleva por nombre 'Projekt D' (Proyecto D). ¿D de Democracia? Ahí lo dejo.

Mientras tanto, aquí, en España, donde jamás he visto una emisión parecida a la que les cuento, miramos a nuestros niños con otros ojos, déjate de vainas. La preocupación de los que de esto saben está en educarles directamente para que sepan contratar buenas hipotecas. Es decir, para que sean buenos consumidores de productos bancarios (que no ciudadanos).

En España, lo de pretender que los niños sean mejores ciudadanos, por encima de las apetencias ideológicas o religiosas más o menos peregrinas o acertadas de sus padres, es ya poco menos que pecado mortal. O casi. Ya falta muy poquito.

jueves, 30 de julio de 2009

Europa, retrato retrete


La primera vez que fui a Alemania lo hice en autobús, partiendo de la Plaza de la Universidad de Barcelona, una agradable tarde de verano. Era la primera vez que cruzaba los Pirineos para adentrarme en un mundo que yo ya conocía a medias por los libros de mi colegio, pero que seguía siendo un misterio pese a todo lo aprendido.

Había programadas bastantes paradas en el camino hasta el destino final del trayecto: Múnich. Algunas iban a durar más de media hora, para que los viajeros pudiéramos aliviar las necesidades en los baños o en los restaurantes de carretera. A mí la carretera me trastoca la próstata, así que bendije todas y cada una de las paradas. Bueno, bendecirlas, lo que se dice bendecirlas, no todas. Recuerdo perfectamente la vomitiva letrina con cartel de WC en algo parecido a una estación de autobuses en Port Bou. La taza estaba rota y las aguas y olores fecales lo inundaban todo. Aguanté la respiración lo justo para orinar y salí pitando, guardándome las ganas de hacer algo más, porque preferí continuar mi viaje manteniendo la salud. Cada vez que acudía a un lavabo, podía apreciar que estaba más limpio que el que había dejado muchos kilómetros atrás. Fue un verdadero ascenso gradual de los infiernos. Recuerdo que, en Lyon, el suelo de los baños ya se podía pisar, pero las tazas estaban repletas de papel higiénico y desperdicios, como si tirar de la cadena fuera pecado o algo así. En Mulhouse, cerca de la frontera con Alemania, pude por fin hacer uso de un baño completamente limpio a la vista, aunque no así a la nariz. Una vez cruzada la frontera germana, pude por fin recongraciarme con la existencia en un aseo que olía a desinfectante aromatizado y brillaba como dos soles. Sentado en el retrete, que me parecía forrado de diamantes, recordé aquel anuncio del Vim Clorex Verde que nos vendían de niños, en el que te podías comer una manzana en el mismísimo lavabo. Aquí hubiera podido hacerlo, de haber tenido una manzana a mano. Y no había secreto alguno: una señora se encargaba de mantener las instalaciones en un estado prístino. Aguardaba sentada junto a una mesa en la puerta de los aseos a que le dieras la voluntad. Recuerdo haberle dado más de lo que ella sin duda esperaba, pero se lo merecía. Me había hecho sentirme en el cielo. El resto de los baños alemanes que visité siempre estuvieron a la altura. Por públicos o transitados que fuesen, siempre eran un primor. Hoy en día lo siguen siendo. Sentí que en aquel país las cosas funcionaban como tenían que funcionar. O que, por lo menos, sus habitantes tenían clarísimo que hay cosas muy importantes que hay que mantener limpias, porque, si las dejas a su bola, se enguarran solas.

Esta historia tan escatológica e intrascendente es mi principal recuerdo de aquel viaje por carretera. Y pienso en lo que habría sentido de haber nacido en Múnich y si el viaje lo hubiera hecho a la inversa. Conforme me acercaba a mi destino, el pánico iría aumentando a la par que los retortijones y yo me preguntaría, aterrado, a dónde coño iba. Menos mal que esta historia pertenece al pasado, ¿no?

Por cierto, en el fondo, aunque no se lo crean, estoy hablando de política.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El cielo sobre Berlín


En Berlín, muchas son las cosas que llaman la atención al visitante y que, como nexo común, revelan la presencia de un alto grado de cultura cívica que, por desgracia, en España apenas existe. Son detalles que pueden perfectamente pasar desapercibidos, como el hecho de no oír nunca un claxon proveniente del tráfico que fluye silencioso y sin signos de agresividad aparentes. Otros saltan inmediatamente a la vista, como la constatación de que no existen barreras físicas en los accesos al metro -es muy fácil colarse- o que los animales de compañía -sobre todo los perros- tienen libre acceso a los transportes públicos y a los bares. En los arenarios de los parques suele haber juguetes -rastrillos, palas, coches, pelotas- que nadie se lleva a su casa, porque se entiende que son de uso comunitario. Mi hija tuvo el impulso natural de llevárselos, pero le hice ver que eran de todos y que los niños que vinieran al parque también querrían contar con ellos. Lo comprendió enseguida.

La gente es muy respetuosa con el medio ambiente -es la ciudad más ecológica de Europa- y con el espacio vital de los demás. El mobiliario urbano sufre un desgaste normal, ajeno al vandalismo enrrabietado que nos es familiar. La ciudad, pese a ser una capital de mundo con casi la extensión de Gran Canaria, se mantiene en una escala humana y amable -Berlín huele a bosque-; los grafittis proliferan por todas partes y lucen como la forma de expresión artística que son. No es extraño ver a ancianas con el pelo teñido de azul y piercings en la nariz desplazándose en bicicleta por las avenidas. En verano, la gente se vuelve loca con el sol y se baña sin ropa en las fuentes públicas. Nadie les recrimina por ello. La consigna parece ser: "Vive y deja vivir". Pero lo mejor de todo es que, en Berlín, es muy difícil ver signos de ostentación. Sin ir más lejos, yo he visto más Lamborghinis y Ferraris en Las Palmas de Gran Canaria en un solo día que en todo el tiempo que he estado en la capital alemana. De hecho, allí no he visto ninguno. Y no es porque no haya ricos -que los hay, y muy, muy-, sino porque la ostentación del dinero o de los símbolos de poder son considerados una cosa muy vulgar y, en cualquier caso, el sentido común de una sociedad altamente cívica dicta que lo último de lo que se puede presumir es de tener dinero.

Es cierto que todo esto que les cuento va perdiendo fuerza conforme la caída del muro va quedando en el pasado y la uniformización mercantilista del capitalismo se asienta progresivamente en una sociedad educada en el valor de la solidaridad. Porque yo les hablo, obviamente, del Berlín Oriental, la mejor parte de la ciudad. Cuando cierro los ojos, me imagino que paseo por sus calles, me arrobo en admirar el comportamiento de la gente que se cruza en mi camino, me olvido del surrealismo y casi no me acuerdo de Camps, de Fabra, de Trillo, de Rajoy, de Aznar...