miércoles, 27 de mayo de 2009

El cielo sobre Berlín


En Berlín, muchas son las cosas que llaman la atención al visitante y que, como nexo común, revelan la presencia de un alto grado de cultura cívica que, por desgracia, en España apenas existe. Son detalles que pueden perfectamente pasar desapercibidos, como el hecho de no oír nunca un claxon proveniente del tráfico que fluye silencioso y sin signos de agresividad aparentes. Otros saltan inmediatamente a la vista, como la constatación de que no existen barreras físicas en los accesos al metro -es muy fácil colarse- o que los animales de compañía -sobre todo los perros- tienen libre acceso a los transportes públicos y a los bares. En los arenarios de los parques suele haber juguetes -rastrillos, palas, coches, pelotas- que nadie se lleva a su casa, porque se entiende que son de uso comunitario. Mi hija tuvo el impulso natural de llevárselos, pero le hice ver que eran de todos y que los niños que vinieran al parque también querrían contar con ellos. Lo comprendió enseguida.

La gente es muy respetuosa con el medio ambiente -es la ciudad más ecológica de Europa- y con el espacio vital de los demás. El mobiliario urbano sufre un desgaste normal, ajeno al vandalismo enrrabietado que nos es familiar. La ciudad, pese a ser una capital de mundo con casi la extensión de Gran Canaria, se mantiene en una escala humana y amable -Berlín huele a bosque-; los grafittis proliferan por todas partes y lucen como la forma de expresión artística que son. No es extraño ver a ancianas con el pelo teñido de azul y piercings en la nariz desplazándose en bicicleta por las avenidas. En verano, la gente se vuelve loca con el sol y se baña sin ropa en las fuentes públicas. Nadie les recrimina por ello. La consigna parece ser: "Vive y deja vivir". Pero lo mejor de todo es que, en Berlín, es muy difícil ver signos de ostentación. Sin ir más lejos, yo he visto más Lamborghinis y Ferraris en Las Palmas de Gran Canaria en un solo día que en todo el tiempo que he estado en la capital alemana. De hecho, allí no he visto ninguno. Y no es porque no haya ricos -que los hay, y muy, muy-, sino porque la ostentación del dinero o de los símbolos de poder son considerados una cosa muy vulgar y, en cualquier caso, el sentido común de una sociedad altamente cívica dicta que lo último de lo que se puede presumir es de tener dinero.

Es cierto que todo esto que les cuento va perdiendo fuerza conforme la caída del muro va quedando en el pasado y la uniformización mercantilista del capitalismo se asienta progresivamente en una sociedad educada en el valor de la solidaridad. Porque yo les hablo, obviamente, del Berlín Oriental, la mejor parte de la ciudad. Cuando cierro los ojos, me imagino que paseo por sus calles, me arrobo en admirar el comportamiento de la gente que se cruza en mi camino, me olvido del surrealismo y casi no me acuerdo de Camps, de Fabra, de Trillo, de Rajoy, de Aznar...

3 comentarios:

  1. Gracias Miguelo por el comentario-post de hoy, un poco de "simplicidad" y "autenticidad", para estos tiempos que corren me reconfortan y relajan, necesitamos de vez en cuando cerrar los ojos y viajar..., recomiendo por supuesto la película de Wenders de 1987 para volver a verla por cuarta o quinta vez y apreciar la belleza de Berlín. Te animo a que escribas, entre crítica política y actualidad, de libros, de ciudades, de arte, y de todo aquello que nos haga sentir bien, besos.

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  2. Hola Miguelo. No tengo el gusto de conocerte, pero me gustaría que supieras de una serie de coincidencias: a) me llamo Miguelo Rodríguez b) soy de Las Palmas c) estoy en la cuarentena d) he pasado todo este verano en Berlín e) del caudal de impresiones que recibí, las que más me impactaron son justo las que tú comentas en esta entrada de tu blog. Al presente, me sigo sintiendo como un bárbaro que regresa de un "cautiverio"·en Roma.
    Un saludo cordial.

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  3. Pues encantado de saber de tu existencia y de tu "cautiverio" berlinés, tocayo, paisano y coetáneo. De "cárceles" así debería estar el mundo lleno

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