sábado, 10 de abril de 2010

Escenas Celestiales LI


Recuperó lentamente la visión, a la vez que recuperaba el sentido. Mientras sus ojos trataban de definir los contornos, su mente comenzaba a trabajar, pensando torpemente al principio y razonando a chispazos algo más tarde, para acabar atando cabos minutos después. ¿Qué sitio era ése? Por aquello de la luz intensa parecía un quirófano, pero no reconocía mobiliario alguno. Todo estaba lleno de formas extrañas y fluctuantes, como en un móvil de Calder, que aparecían y desaparecían aleatoriamente. Tampoco era capaz de adivinar de dónde procedía la blanca luz que invadía la estancia. Al inspirar percibió un olor apenas definible y totalmente desconocido para él. Era muy agradable. Los quirófanos huelen a éter, pero ese olor era otra cosa. Le pareció que se escuchaba un ronroneo parecido al de un motor de baja frecuencia, aunque no podía asegurarlo. Tal vez el ruido sólo estaba en su cabeza. Comprendió que se estaba despertando de un estado letárgico muy distinto al sueño. Estaba acostado sobre una superficie bastante rígida, pero que no le resultaba incómoda en absoluto. Se dio cuenta de que le invadía una sensación de bienestar fuera de lo común. Movió los dedos de los pies para comprobar que seguían ahí. Lo mismo hizo con los dedos de la mano. Con el índice de la mano derecha se tocó la punta de la nariz. Giró la cabeza a ambos lados. Nada. No había nada. Ni puertas ni huecos ni ventanas. En otras circunstancias estaría sin duda atenazado por la claustrofobia, pero se sentía bien. Se incorporó sin esfuerzo. Estaba desnudo, sentado en el aire, sin nada debajo, a unos cien o ciento diez centímetros del suelo. La sorpresa no le inquietó lo más mínimo. Recordó por fin que se había perdido con su expedición en medio de la Antártida cuando realizaban un reportaje para National Geographic. Recordó que nunca llegó la unidad de rescate. Recordó que había muerto. Una voz ajena a la suya rompió el silencio. Sonaba fría, como si surgiera de un sintetizador de voz muy logrado o algo así.
- Bienvenido, Sr. Donoghue. ¿Se encuentra bien?
- Perfectamente... ¿Cómo sabe mi nombre?
- Por su documentación, claro. La llevaba usted encima.
- Creía haber muerto, pero veo que no es así.
- Sí que es así, Sr. Donoghue. Según consta en nuestros archivos, murió usted congelado en la Antártida, el 20 de abril del 2010 de la Era Cristiana.
- ¡Dios mío! ¿Dónde estoy? Esto no será el Cielo...
- No. Está usted en la unidad de reanimación del Museo Pangeático de Ciencias Naturales en la constelación de Orión, Sr. Donoghue. Llegó usted ayer mismo de la Antártida en perfecto estado de conservación. Hemos restablecido sus constantes vitales.
- Pero... ¿en qué año estamos?
- En el año 10.578 de la Cuarta Era. Le hablamos a través de un sintetizador de voz que facilita la comunicación entre usted y nosotros. En pocos días podrá asomarse fuera de esta habitación, pero antes debemos aleccionarle un poco acerca del mundo que se va a encontrar cuando salga de aquí.
- Aparte de no contar con objetos materiales, según veo, ¿es muy distinto al mío?
- De entrada no existe el cielo, Sr. Donoghue. Lección primera. Y ahora, descanse.


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