sábado, 15 de mayo de 2010

Escenas Celestiales LVI


Imagínense a un juez que llega al cielo, después de haberse pasado toda la vida aplicando la ley y velando por la buena salud de la Justicia. Contemplen en silencio cómo su vocación existencial no encuentra acomodo alguno, porque no hay delitos que perseguir ni faltas individuales que corregir. Esa pobre alma ha desembarcado en un lugar sin leyes ni códigos de conducta, por innecesarios. Un lugar donde todo funciona perfectamente y donde todas y cada una de las almas confluyen y se disgregan en su devenir sin roces ni fricciones. Un lugar en el que todo va como la seda y donde las gentes se comportan como autómatas invadidos de quietud y felicidad a partes iguales. Intenten hacerse cargo de la desazón que puede invadir a esta pobre alma durante los primeros -pongamos- quinientos años. Incluso aunque en vida le hubiera sido negado el deber de impartir justicia, incluso aunque le hubieran defenestrado sus propios compañeros de profesión, incluso aunque el escarnio terrenal hubiese carecido de límites humanos, lo que esta alma sufre ahora no tiene ni punto de comparación: la sumisión eterna a una rueda de molino incomulgable, la injusticia divina en todo su esplendor, la incapacidad de encontrar ya para siempre un sentido a la existencia, el destierro dentro del reino del señor de todos los oráculos. ¡Dios mío! Si no fuera porque sé que estoy hablando del cielo, esto se me parecería terriblemente a España. Todo atado y bien atado.

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