sábado, 1 de mayo de 2010

Escenas Celestiales LIV


Por una de esas casualidades que al final siempre acaban dándose en el Cielo, en un momento determinado de la eternidad confluyen las almas de Luciano Pavarotti, Demis Roussos y Paul Bocuse. Las lágrimas no se hacen esperar (aunque, en rigor, no podamos hablar de lágrimas en el sentido literal de la palabra, claro). Las tres almas son todo emoción y felicidad. La admiración recíproca entre el chef francés y el tenor italiano es más que evidente desde el primer instante. El griego, que no se cree la suerte que ha tenido de estar ahí, tiembla de excitación compartida. Es difícil imaginarse a aquellos tres espíritus saltando de gozo durante ciento cincuenta y tres mil años de los nuestros, pero lo hicieron. Decidieron al cabo que ya basta de salutaciones y que cocinero a los fogones. El francés, encantado de calzarse el delantal, se pone manos a la obra (con qué manos, eso ya es otra cosa). No se había registrado en la historia de la eternidad cosa tal en un alma como una boca haciéndose agua, pero ya Pavarotti y Roussos se encuentran casi al borde del ahogamiento cuando Bocuse les sirve su célebre Soupe aux truffes noires. El italiano la degusta con sumo deleite, pero el griego ni la huele, la engulle de un trago y pide otra ración. Esto calienta a Bocuse de tal modo que provoca la expansión súbita de su alma que finalmente explota y lo deja todo perdido. Demis se queda boquiabierto y asombrado, sin saber qué hacer ni qué decir. Luciano, tres cuartos de lo mismo. ¿No debería intervenir Dios en este preciso momento? ¿O tendría que haber intervenido antes? Ahí dejo la pregunta.

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