sábado, 19 de diciembre de 2009

Escenas Celestiales XXXV


Siempre había sido de la idea de que iría al Cielo -o al infierno, quién sabe- en soledad, pero un accidente aéreo sin supervivientes hizo que afrontara el tránsito con toda una legión de improvisados compañeros de viaje y, para más inri, con los otros tres compañeros de su grupo de rock, más el simpático mánager y los eficiente técnicos de escenario, luces y sonido.

Puestos a elegir, él hubiera preferido la compañía de sus seres más allegados y queridos, pero sucede que el destino no siempre es nuestro mejor aliado. Así que el desgraciado protagonista de esta historia no llega al Cielo siendo él, sino su personaje escénico. Prácticamente lo mismo que Michael Jackson, pero salvando las abismales diferencias, claro. Desde el primer momento es consciente de la terrible trampa en que ha caído, condenado a una eternidad musical que tal vez alguna vez deseó, pero cuya simple idea ahora se le torna insoportable.

Durante los eones venideros intentará, ya adelantamos que sin éxito, desprenderse del personaje que le mantiene atrapado ante su público sin posibilidad alguna de escapatoria. Sus baquetas nunca se astillarán y los parches de su batería siempre estarán como nuevos, blancos, prístinos, impolutos. Más nunca podrá abrazar ni besar a quienes realmente ama. Su sino es golpear, golpear, golpear... Y todo por culpa de una mala racha de viento de costado, de la impericia del piloto, de la mala suerte... y de Dios, no lo olvidemos, que también habrá tenido algo que ver. Amos, digo yo.

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