martes, 15 de diciembre de 2009

Zbigniew Brzezinski


¿Qué se hace para seguir asentando bases militares por el mundo que te permitan mantener tus privilegios, sin que la gente proteste? ¿Cómo ser imperialista sin morir -políticamente- en el intento, como le pasó a G.W. Bush, y sin que nadie cuestione la barbarie? ¿Qué estrategia hay que emplear? De entrada, ofrecer una cara amable que esconda las verdaderas intenciones de los que realmente deciden, los hoy tan populares 'autores intelectuales'. Ya no vale el imperialismo con eslóganes de derechas. No funciona. Si se quiere prosperar como es debido, el imperialismo hay que hacerlo con eslóganes de izquierdas. Y, a ser posible, con buen rollito y una tez que generen confianza a los negros, a los musulmanes, a los huérfanos y a todos los depauperados del mundo, aquella famélica legión que solía aparecer en los himnos y que ya sólo subsiste escarbando entre las basuras. Ponemos a nuestro muñeco en escena bien iluminado, movemos los hilos con maestría para que nadie los vea, le damos un premio bien gordo que lo confirme como adalid mundial de las buenas intenciones y, a partir de ahí, nos divertimos observando con deleite cómo la marioneta cumple a la perfección el papel asignado. Es lo que hace Zbigniew Brzezinski, un polaco estadounidense la mar de divertido que, además de entretenerse con las marionetas, disfruta como un enano jugando al Risk. Lo hace con Soros y Rockefeller, que comparten las mismas aficiones. Su más reciente marioneta se llama Barack y es mulata y supergraciosa. Agranda ejércitos y prolonga guerras con una facilidad pasmosa. Encima, el público no pierde la sonrisa... ¡Uy! Iba a hablarles del premio Nobel de la Paz, pero me he despistado. Bueno, a ver si lo arreglo con una cita del testamento de Alfred Nobel: “A la persona que haya trabajado más o mejor por la fraternidad de las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos.”

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