sábado, 18 de septiembre de 2010

Escenas Celestiales LXXIV


- No es posible que esto sea el Cielo.
- Pues me temo que sí que lo es.
- Pero el Cielo tenía que ser un lugar de felicidad y no de dolor. Eso se reservaba para el infierno, ¿no? Mis peores pesadillas se hacen realidad en este lugar de espanto. Los miedos que arrastré en vida se ven amplificados. No tengo ni un instante de sosiego, siempre estoy alerta, cuando no directamente huyendo de los demonios que me persiguen para torturarme... ¡No aguanto más este sufrimiento!
- Pues te queda toda la eternidad por delante, en este mismo plan.
- Imposible. Dios no puede ser tan sádico y cruel.
- ¿Por qué no?
- ¡Porque se suponía que era todo Amor, por eso!
- Pues ya ves que no lo es. ¿Por qué habría de serlo? Después de todo, nos hizo a su imagen y semejanza... y nosotros, además de poder ser más o menos amorosos, también contamos con una parte sádica y cruel hacia los demás. Deberíamos haber caído en la cuenta y no llamarnos a engaño. Creímos en lo que quisimos creer, despreciando las demás posibilidades. Entre ellas, que Dios fuera un auténtico psicópata carente de virtudes.
- ¡Joder! ¿Y esto va a durar toda la eternidad?
- Hasta el Juicio Final y más allá.
- Y todos acaban aquí. Es terrible.
- No. Los ateos y los de las falsas religiones se quedan fuera. Todos ellos, simplemente, mueren.
- ¡Pues quiero apostatar!
- Ya no hay vuelta atrás, me temo.
- ¡Quién me mandaría a mí a creer!
- Eso. Quién.


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