sábado, 28 de marzo de 2009

Alejandro Agag, ensayo sobre la sordera


Que Alejandro Agag tiene un don de gentes fuera de lo común es axioma en las facultades de sociología. El espectacular éxito logrado en su vida y en sus negocios, dicen los allegados, tiene su origen en el altísimo grado de inteligencia emocional del superyerno, que le permite generar lazos de inquebrantable amistad allí donde segundos antes sólo había páramo. Yo, que apenas tengo roce con las revistas del corazón y que soy de natural bastante tímido, anduve siempre intrigado -sólo hasta cierto punto- por esa personalidad magnética capaz de caer bien con tanta facilidad, a la vez y cual Zelig, a tirios y troyanos. Ahora, gracias a una entrevista tan escueta como incómoda, los boxes de este medrador profesional han quedado expuestos, revelando el principal de los secretos de su escudería: en lugar de la cacareada superinteligencia emocional, que no aparece por ninguna parte, sus armas para la batalla de la vida parecen ser básicamente un 'desternillante' sentido del humor y, sobre todo, tener una cara con las dimensiones de un circuito de carreras. Lo de la cara y la desfachatez es moneda común entre los tiburones de los negocios, ya se sabe. Despunta el que las tenga más grandes. En sus círculos de relaciones se conocen bien y saben perfectamente la clase de pájaro que es cada socio de su selecto club, pero los negocios son los negocios, así que se deshacen en elogios hacia los más pudientes, silben o graznen. La ventaja del gracioso consiste en que puede añadir su encanto particular a la hoguera de las vanidades, disfrazando su ambición con vistosos plumajes. Otros no gozan de ese talento, pero, hacia afuera, el brillo de sus cuentas -de colores y bancarias- puede ocultar lo que se cuece en bambalinas. Alguna vez que otra he podido asomarme -de lejos- a la mentalidad de esos círculos de peligrosas amistades. Si alguna vez llegan a quererse, es porque se sienten especiales. Los elegidos. Los listos. Los nacidos para mandar, para estar por encima de la masa. Para ellos, los demás somos la chusma. Y es tan fácil hacer oídos sordos a la chusma. Y tan gracioso...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se permite la entrada, cómo no, a todas las ideas.
Se prohíbe la entrada, cómo no, a cualquier insulto.